domingo, 26 de agosto de 2012

El primer niño de la Casa Blanca

Aunque como sabéis, no soy muy fan de la televisión, creo que ahora están poniendo en la tele (deconozco el canal) la vida de la familia Kennedy.  Quería aprovechar para hablaros de uno de los hombres que mas admiración he tenido y tengo. John John Kennedy 1960-1999. Pienso que hubiese sido el mejor presidente de los Estados Unidos, sin duda. Recuerdo cuando iba a trabajar en bicicleta y su traje y corbata, señal de una personalidad sin preferentes en su familia.
La vida de John estuvo marcada por unas palabras del Nuevo Testamento que su abuela Rose Fitzgerald repetía continuamente. En tiempos buenos y en malos, en la felicidad y en la amargura. "Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más". San Lucas 12. 47-48. "A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho" fue el espejo en el que John Kennedy se miró durante sus 38 años de vida. Nació rico, vivió feliz, pero nunca tuvo miedo a que se le reclamara todo lo necesario. En silencio, detrás de las cámaras de televisión o de los objetivos de los fotógrafos que tanto le persiguieron, JFK Jr. daba clases de inglés a niños hispanos pobres del Harlem, acompañaba a patinar en el Central Park a adolescentes discapacitados y se pasaba largas horas los sábados en un colegio para minusválidos. Detrás del mito, había un hombre que aprovechó su fama y su apellido para acercarse a los demás.
 

El pequeño soldado nació el 25 de noviembre de 1960, tres semanas después de la victoria de John F. Kennedy en las elecciones presidenciales de ese año. Jacqueline Kennedy quiso desde el principio que el recién llegado y su hermana Caroline vivieran una vida de niños normales en la Casa Blanca. Jackie Kennedy era una gran amante de la historia, carrera que luego estudiaría su hijo, y sabía que desde 1893 ningún niño había crecido en el 1600 de Pennsylvania Avenue. Por eso decidió acondicionar la mansión presidencial como una casa familiar, retiró cuadros y esculturas, cambió las cortinas oscuras que le habían dejado los Eisenhower y puso tonos suaves en las ventanas y en la tapicería. John entró en la Casa Blanca en enero del año 1961 en los brazos de su padre y vivió los 34 meses que duró la presidencia de J.F.K. disfrutando del reino de Camelot con príncipes y princesas como en los cuentos de hadas. Para la generación de norteamericanos que apartaron del poder a los hombres que habían ganado la Segunda Guerra Mundial, John era una extensión más de su padre. Un niño normal de una familia joven, que se divertía en su casa de campo en Cape Code, en las costas de Massachusetts, o que pasaba las vacaciones de Navidad en familia en el árbol de la Casa Blanca. Los amores secretos y las dudas de su padre para tomar importantes decisiones se conocieron después. El pequeño John estaba impresionado por los saludos militares y por la forma en la que los Marines que guardaban el Despacho Oval saludaban a su padre. El ayuda de campo de Kennedy y uno de sus guardaespaldas le enseñaron a saludar como lo hacen los militares. Y el niño aprendió, pero cuando lo hacía siempre levantaba la mano izquierda. El 25 de noviembre de 1963, el día de su tercer cumpleaños, acudió al funeral de su padre con la lección bien aprendida. Cuando la familia se encontraba ante la Catedral de San Mateo, en Washington, su madre le dijo que dijera adiós a su papá y John levantó la mano derecha, se cuadró y rompió el corazón del mundo. El niño que saludaba de izquierdas despidió a su padre como un verdadero Marine y desde entonces fue conocido como el pequeño soldado. "Cuando ves una fotografía tantas veces parece que existió, que recuerdas ese instante. Pero la verdad es que no me acuerdo de nada", dijo a Larry King en 1995 sobre ese instante que tanta importancia tuvo en su vida.
 

Después de la muerte de su marido, Jacqueline quiso rápidamente escapar de la sombra de Rose Fitzgerald, la matriarca de la familia Kennedy, y trasladó a los niños a Manhattan. Caroline estudió en el Colegio del Sagrado Corazón, en la calle 91 y la Quinta Avenida, y John en el St. David's, en la 89 y Madison, dos de los mejores colegios privados católicos de la ciudad. El Servicio Secreto tenía problemas para vigilarle porque el joven John era el primero en meterse en problemas, en arrojar una rana al gafotas de al lado o el que quitaba el almuerzo al más listo de la clase. Para los hombres que le cuidaban, John-John era el calavera. Cuando Robert Kennedy fue asesinado, Jacqueline Kennedy declaró al diario The New York Times que "están matando a los Kennedy y mis hijos son también un blanco. Me quiero marchar de este país". En 1968, con ocho años de edad, John fue uno de los 20 invitados que asistió a la boda de su madre con Aristóteles Onassis en la isla griega de Skorpios. El muchacho nunca se llevó bien con su padrastro y siempre dijo que no recordaba momentos felices a su lado. Como su madre, siguió de lejos y en su apartamento de la Quinta Avenida y el Central Park la enfermedad y la muerte de Onassis y continuó sus estudios en el New York Collegiate School, en el West Side de Manhattan, y luego en Andover, Massachusetts, porque su madre protectora le quería apartar de las cámaras de fotógrafos que le perseguían. John rompió la tradición familiar que lleva a todos los Kennedy a Harvard y en 1979 eligió la Universidad de Brown, en Providence, Rhode Island, para estudiar Historia. Al salir de la universidad cuatro años después pareció perdido porque no quería ejercer la carrera de historiador y prefería dedicarse a hacer teatro. En Nueva York interpretó una obra para aficionados en Broadway y viajó a India, Guatemala y Suráfrica con el Peace Corps hasta que su madre le cortó las alas teatrales y viajeras y le mandó a estudiar leyes. En 1988 se graduó en Derecho por la Universidad de Nueva York y a la tercera intentona pasó el examen del Estado y se hizo abogado.
 
John-John nunca ejerció como letrado y ganó una plaza en el equipo del Fiscal de Distrito de Manhattan encargado de casos de pequeña monta, robos en la calle, carteristas y jugadores. En el primer día de su trabajo, tomó la línea 4 del Metro hasta las oficinas del Fiscal del Distrito acompañado de 40 periodistas y 15 fotógrafos y cámaras que le siguieron durante todo el trayecto. El fiscal jefe Robert Morgenthau recordó recientemente que Kennedy se dejaba su fama en la puerta de la oficina y entre sus colegas era un hombre normal, que jugaba béisbol y que dejaba su apartamento para las fiestas de Navidad. Además, John-John era una persona amable que no tenía problemas en posar con la señora de la limpieza para que con una fotografía pudiera demostrar a sus vecinas que no mentía cuando les decía que veía todos los días al hijo del presidente en su oficina. El joven fiscal, que tenía entonces un salario de 4,8 millones de pesetas, se olvidaba de su pasado cuando mataba el tiempo con los testigos, hablaba con los agentes de policía, el personal del juzgado y con sus compañeros. "Era uno de los nuestros, un colega, un amigo, un hombre de ley", ha dicho Morgenthau. En los cuatro años de servicio para el Gobierno ganó los seis casos que representó para el Ministerio público, a pesar de que en algunas ocasiones pareció aliado con los acusados. Kennedy rechazó siempre los intentos de muchos amigos y dirigentes del Partido Demócrata que querían que se presentara al cargo de alcalde de Nueva York, o gobernador del Estado. En 1988, muchos norteamericanos creyeron ver a su padre de nuevo cuando John se dirigió a la Convención Demócrata en Atlanta para pedir a los hombres de su generación que se comprometieran a servir a su país. Los delegados demócratas le aclamaron con una ovación de dos minutos que le convirtió para siempre en un eterno aspirante a un cargo público. Johnathan Alter, un columnista de la revista Newsweek, ha escrito que este año Kennedy pensó en entrar en política y que durante cierto tiempo maduró la idea de presentarse al puesto de senador por Nueva York. Una vez que supo que Hillary Clinton también aspiraba a ese puesto decidió olvidarse de sus aspiraciones políticas. "El meterse en política es algo muy serio, algo que te persigue para siempre. Es como entrar en el Ejército, o lo haces convencido o no lo haces. Todavía no estoy listo", dijo en 1994. Su tío Edward Ted Kennedy fue su principal consejero, y en el despacho del senador en Washington hay una fotografía de su sobrino con esta dedicatoria. "Gracias por ser la mano que siempre nos ha mantenido unidos. Quiero que el mundo sepa lo orgulloso que estoy de que seas mi tío". De su familia heredó ese kennediano principio de servir al público y participó en muchos programas para construir escuelas en el Bronx de Nueva York para niños de raza negra, dio clases de inglés a menores hispanos y pobres, promocionó la organización Very Special Arts, dedicada a niños artistas con discapacidades que había fundado su tía Jean Kennedy Smith. John-John también apoyó a Special Olympics, una organización destinada a facilitar el deporte a los minusválidos y que creó otra de sus tías, Eunice Kennedy Shriver.
Para la generación de norteamericanos que crecieron con la cadena de televisión musical MTV, John-John era conocido como the sexiest man alive (el hombre vivo más sexy), un guapo que aparecía corriendo por Central Park y que se quitaba la camiseta y enseñaba un cuerpo de atleta que era la envidia de los hombres y que derretía a las mujeres. La edición de la revista People que le declaró en 1988 el hombre más atractivo del país se agotó el primer día de ventas y pasó a formar parte de uno de los pósters más colocados en los dormitorios de las universitarias y en las oficinas en las que había mujeres de Nueva York. John-John era un gran amante de los deportes, socio de tres gimnasios, asistente habitual a los partidos de los Yankees de Nueva York, corría, levantaba pesas, montaba en bicicleta, patinaba, montaba a caballo, hacía vela, vuelo sin motor y alpinismo. En 1988 logró su permiso de vuelo porque estaba cansado de que en los aviones comerciales la gente se levantara a hablar con él y a pedirle autógrafos. Sus noviazgos con las actrices Daryl Hannah, con Sarah Jessica Parker, Brooke Shields y con la cantante Madonna aumentaron su imagen del soltero más buscado del país. En 1992, Kennedy todavía salía con Hannah cuando un día corriendo por el Central Park se cruzó con Carolyn Bessette, una rubia de largas piernas que le hizo parar su carrera y presentarse. Los dos intercambiaron teléfonos y John la llamó al siguiente día. "Fue un flechazo del que no se recuperó nunca", dijo una amiga de la mujer. La pareja se hizo inseparable en algunos de los restaurantes de moda de Nueva York, corriendo en el Reservoir de la Quinta Avenida y patinando en la pista de hielo enfrente del hotel Plaza. El noviazgo no fue fácil, porque las largas horas en la oficina del fiscal y el trabajo de ella como relaciones públicas de Calvin Klein les mantenían separados. Sus discusiones, lágrimas y peleas aparecieron en varias ocasiones en las pantallas de la televisión y en las portadas de The New York Post.
John dio una sorpresa mayúscula a Carolyn y a toda la prensa cuando organizó en 1996 su boda en secreto en una pequeña isla de la costa de Georgia. Ella se presentó con un vestido blanco de crepe de 6 millones de pesetas, diseñado por Narciso Rodríguez, un norteamericano de origen español. Él se casó con traje negro y con el reloj que llevaba su padre el día en el que fue asesinado. Después de la muerte de su madre, a consecuencia de un cáncer, en 1994, John Jr. decidió abandonar la Fiscalía, y un año después fundó la revista George, que comenzó a rodar con 20 millones de dólares (más de 3.000 millones de pesetas) de inversión inicial que Kennedy se encargó de lograr gracias a sus muchos contactos entre los multimillonarios demócratas del mundo de la publicidad de la Avenida Madison y de Wall Street.
"A todo el mundo le gusta trabajar en algo que ha creado, algo que es tuyo, en el que te sientes a gusto", dijo al diario USA Today en 1998. George nació con la idea de ser diferente de otras revistas políticas y su editor abrió puertas que estaban cerradas para otros medios. Kennedy entrevistó a Fidel Castro, el gran enemigo de su padre durante la Crisis de los Misiles de Cuba, al antiguo gobernador de Alabama, George Wallace, y a Mike Tyson, del que se hizo amigo y al que visitó en la cárcel este mismo año en Maryland. En los cuatro años durante los que ha sido editor y ensayista, Kennedy disfrutó provocando a sus 400.000 lectores haciendo posar a Drew Barrymore para la portada disfrazada de Marilyn Monroe o cuando sacó a Demi Moore casi sin ropa. En 1997, después de varios escándalos de sus primos con sus amantes, llamó a Joseph y Michael Kennedy "los mejores ejemplos de prototipos de mala conducta". Apasionado, siempre se tomó muy en serio su trabajo de periodista, quizás porque quería emular a su padre que también comenzó en este negocio. Una vez tuvo una pelea con el presidente de George, Michael Berman, y le arrancó de cuajo la manga de su camisa. En los últimos meses, George había adelgazado, había menos páginas de publicidad, signos de que su estrella comenzaba a apagarse. Recientemente, en círculos editoriales de Nueva York se dijo que los días de la revista estaban contados, aunque Kennedy lo negó días antes de morir ante sus compañeros y empleados. "Creo que mi padre hubiera querido que tanto yo como mi hermana Caroline viviéramos nuestras propias vidas y que no repitiéramos la suya", dijo en una entrevista en 1992. John Kennedy falleció el  16 de julio de 1999 en un avión en compañía de su esposa Carolyn y su cuñada Lauren cuando intentaba vivir su vida plenamente.