viernes, 3 de mayo de 2013

Trilogía. 1. La Marca




Hace una semana, arrastrando el zapato sobre una piedra roja, un trozo de ladrillo. Desde que ella cerró la puerta sin mirar atrás por última vez, él aguardaba esa señal para mantener una mínima esperanza, no hace mas que dejar señales, trazar pistas, absurdas muchas, él mismo lo sabe y lo reconoce aunque a penas le importe. Desde ese día en que no giró ella la cabeza para decirle un adiós que así hubiese sido un poco hasta luego, su sensación es la de haberse fracturado la superficie del mundo y que la grieta, cada vez mayor y más profunda, se hubiera tragado todo lo que está a su alrededor. Nada nuevo en tales situaciones por cierto. Siempre pretende subirse en el mismo vagón. Cuando el mundo viene de vuelta, él va de ida.
Su estación es siempre de partida, raramente de llegada. El duerme o finge dormir, hace compras gigantescas a primero de mes para reducir al mínimo sus salidas y contacto, no coge el teléfono, ve películas viejas que se sabe de memoria, se regodea aumentando el padecimiento del desamor para intentar ahuyentarlo.
Pretende él mismo ser una máquina, olvidar, automatizar sus gestos, anestesiarse. Nada nuevo, ya se ha dicho, en situaciones parecidas.
Ella, además de su vida, se llevó también su coche.