lunes, 6 de mayo de 2013

Trilogía. 2 Ella.


Al entrar en el tren le ha sorprendido un empujón, leve y amistoso, no urgente y malencarado como cuando iba al trabajo. Ha visto por el rabillo del ojo como alguien mas , una chica,entraba allí.
Le gustaría saber si es guapa o al menos atractiva, si tiene la boca como ella: Un labio superior fino y casi inexistente y el inferior exuberante, dejando ver los dos incisivos. O si en cambio es como su hermana, una chica con la cara llena de pecas, dulce como un anuncio de magdalenas, que ha tenido que atravesarse el labio inferior con una argolla para parecer un poco mas mayor.
Pero no puede saberlo. No puede verle la cara porque la tapa un enorme flequillo que llega casi hasta su barbilla, que ni tan siquiera le deja ver el dibujo de su boca.
Por eso, aunque ella sea una amenaza para la soledad inmaculada que disfruta desde hace un tiempo, no se siente cohibido. Podría estar tan solo como siempre, pero solo el hecho de que esté ella allí, a apenas cuatro metros de distancia, hace que la perfección que había conseguido en su vida, se desmorone.
Ella siempre se lo decía: Siempre se te ha dado bien improvisar.
Debe asegurarse de que no es ella, de que nunca será ella, porque ella no va a  volver.
Salió de su vida sin un gesto de importancia. No, ella se ha ido del mismo modo que esta chica a entrado. Sin mirarle, haciéndole a un lado para tomar asiento, sin dejar que le vea la cara. Todo igual que lo hizo ella.
No lleva un libro, no parece estar escuchando música. Ella permanece con la cabeza agachada, evitando mirarle, así que aunque sea sólo para hacer algo con las manos mientras llega a su apeadero, saca una piedra roja, un trozo de ladrillo que habrá encontrado en el suelo, y se pone a hacer unas marcas en el asiento.