miércoles, 19 de octubre de 2016

Solía ser...





¿Sabes? Tengo frías las manos, y es extraño en mi. Aún buscan tu calor. Mi boca se ha secado, pero mis ojos no. Todo se ha congelado, incluso las ganas, no de vivir, las de regresar. A decir verdad, este dolor en el pecho, algunas veces me sirve de motor, para buscar nuevas razones ¿lo oyes?



La culpa no es de nadie, aunque he de reconocer que a veces un pequeño hilo de enfado pasa por mi garganta, concluyendo que la culpa es de los dos.

Tropezando con recuerdos e ilusiones, tratando de saber tantas cosas, aunque saberlo no ayudaría a nada.Tratando de aprender que incluso las más grandes tristezas tienen su razón de ser. Saber todo aquello ayuda a tener fe en que las cosas mejorarán, pero sin duda la presión en el pecho no desaparecerá instantáneamente.

Y aunque realmente desearía que me extrañaras, al mismo tiempo sé también que por algo todo terminó. Fui el amor de tu vida, y tú fuiste el el mío también; ese amor que te marca, que te enseña, que sabes que jamás podrás vivirlo nuevamente y de la misma manera. Aún con el tiempo, la distancia y las circunstancias, guardaré un bello recuerdo de ti en mi mente, y pondré en práctica todas las lecciones que a tu lado aprendí.
Gracias por haberme permitido entrar en tu vida, y gracias por haberme dejado salir de ella si lo que venía era sufrimiento. Y aunque llegará el momento en que deje de amarte, el cariño hacia lo que fuiste para mí, permanecerá en mi mente por siempre.
Pero hay algo que no logro olvidar, y es tu característico olor, que mojaba el aire y me advertía de que estabas cerca, sin necesidad de girar mi cuello.
Estoy contando las veces que nos caímos y las veces en que supimos levantarnos, riendo de aquellos ‘por siempre’ que inocentemente prometimos.Estoy aquí, haciendo un recuento de los destrozos, de las partes de mí que se quedaron en el camino. Estoy aquí… dejando ir tu recuerdo, por fin.
Fueron también los días en que me sentía la persona más jodidamente feliz del mundo, la más afortunada y la más plena. Las lágrimas que caían después de un ‘te amo, no te quiero perder’ y cada golpe al pecho retumbando los oídos cuando creíamos que el otro ya había mandado todo al fracaso.


Amor… sabía que sería difícil pero no imaginaba cuánto. No sabía sobre los puñados de recuerdos que rodarían por mi ventana y se filtrarían por el techo. No sabía sobre la resaca que convertiría el estómago en una caja llena de mariposas muertas. No tenía ni idea de este nudo vacilante en mi garganta cada vez que cierro los ojos y rememoro tus latidos, y tu respiración encontrándose con la mía.

Y pido perdón a aquellos dos niños que éramos, los que tenían la mirada llena de ilusiones.
Perdóname por no caer en la cuenta de que los jodidos cuentos de hadas no existen, por cerrar este doloroso ciclo. Mi amor, perdón por incumplir al fin, aquella maldita promesa de no dejarte atrás.